• ENZO MAQUEIRA

Una princesa con guantes de box

Actualizado: 19 mar 2020

Sara Gallardo. Descendiente de autores clásicos argentinos, cultivó un desacato plebeyo. Ahora la autora de “Eisejuaz” vuelve con sus artículos periodísticos; su obra es releída por un autor joven, fascinado con el personaje.

Gozaba de la popularidad suficiente como para salir en la tapa de una revista que tiraba decenas de miles de ejemplares, pero su obra literaria también era reconocida por la crítica del post-boom. Una mujer alta, elegante, descendiente de la oligarquía, que sin embargo no se quedaba quieta, ni siquiera en la comodidad de su clase social.


Sara Gallardo enamoraba a los lectores de aquella Argentina de los años 60 y 70, que aún no abría los ojos a los horrores de la dictadura. Tuvo fama y prestigio, pero eligió irse de a poco. Escribió menos, hizo sus últimos viajes, murió en 1988, a los 56 años de edad. Cayó en el olvido durante más de una década. Reapareció cuando Ricardo Piglia y Osvaldo Tcherkaski eligieron su novela Eisejuaz para la colección Clásicos de la Biblioteca Argentina del diario Clarín, en 2001. Y en 2004 se publica Narrativa breve completa (Emecé), que reune gran parte de su obra. Ambos fueron el puntapié para el regreso.

Heredarás la letra Tataranieta de Bartolomé Mitre, bisnieta de Miguel Cané, nieta de Angel Gallardo e hija del historiador Guillermo, Sara nació en Buenos Aires en 1931 y tuvo la infancia que sólo pueden tener los hijos de una elite que manejó –salvo raras excepciones– los destinos del país. Era, según escribe ella misma, “un tallarín con un vestido siempre arrugado”, asmática y aventurera, que se abría paso en una familia nacionalista, católica, sensible al arte y la naturaleza.

La Seria, como le decían a “la Sara” sus cinco hermanos, se enfermaba seguido y pasaba mucho tiempo leyendo en la cama. Cuando se sentía bien, le gustaba andar en bicicleta o montar a caballo; también asomarse a la vida de los peones y las sirvientas. A veces su madre, doña Sara Drago Mitre de Gallardo, la llevaba a escuchar ópera al Colón, “un bosque de terciopelo rosa con hojas de oro”. De esa infancia en un campo de Chascomús y libros de Dickens y un verano con su padre leyéndole la Ilíada provenía la Seria.

Apenas tuvo 18 años cumplió el sueño de hacer el primero de sus muchos viajes. El destino fue Europa, “a vivir todo lo que tenía interés en vivir”. En algún lugar del Viejo Continente le dio forma a su primera nouvelle . Publicada en 1961, Enero es una muestra del tipo de chica que era y la escritora en la que se estaba convirtiendo. Tenía 24 años, iba de un lado a otro del mundo sin mayores preocupaciones, pero eligió contar la historia de una criada que se enamora de un hombre y debe callar que fue otro el que la violó, la embarazó y la dejó sola con el secreto. Amor, dolor y melancolía. Tres pilares de una obra que interpela desde lo personal hacia lo político. La segunda nouvelle , Pantalones azules , de 1964, lo confirma: un hijo de estancieros ve puesto en crisis sus sistema de valores cuando se enamora de una empleada de farmacia. ¿Cómo no fascinarme yo, crecido en un quinto piso de Almagro, ante la obra de una mujer que les da la espalda a los mandatos de la aristocracia a la que pertenece? Lo dice Julián, el también hijo de estancieros de Los galgos, los galgos (1969), en la más hermosa y triste historia de amor jamás escrita después de Romeo y Julieta : “Los dados se tiran, caen, sale amor; los dados se tiran, caen, sale encanto; los dados se tiran, caen, sale drama; los dados se tiran, caen, sale boda; los dados se tiran, caen, no sale nada”. En su relato “Historia de mis libros y otras cosas”, Sara cuenta lo que hizo cuando creció: “Me casé y fui periodista”. Estoy citando las mismas palabras que en una nota que escribí hace doce años para la revista Lea . El título del artículo era “Sara Gallardo detrás del olvido”. Se publicó en 2004, tres años después de la reaparición de Eisejuaz .

Sara viajaba subida a una ola de fascinación que nacía entre sus lectores. Uno de los que la sembró con mayor insistencia fue Leopoldo Brizuela, autor del prólogo para la edición de la Narrativa breve completa (Emecé) que salió ese mismo año. Por él supe que Sara se casó en 1955 con el periodista y guionista Luis Pico Estrada, pero que se separó después de tener tres hijos: Agustín, Paula y Delfina. Me contacté con Agustín y con Paula a lo largo de estos años con diversas excusas, todas alrededor de la figura de su madre. De a poco fui armando el rompecabezas: supe que no se quedaba quieta en ninguna parte, que cambiaba de ciudad y cuando parecía establecerse en algún sitio también se iba, que a veces les decía que tenía que viajar a Bahía Blanca y en realidad se encerraba a escribir en un departamento oculto al resto de la familia.

Paula me contó que su madre incluso tapaba el receptor del teléfono para simular que hablaba de larga distancia. Agustín me dijo que era capaz de sacar a cualquiera de sus hijos de la escuela y llevarlo de viaje de un día para el otro. Y los viajes eran muchos: entre 1960 y 1968, sola o acompañada por ellos, Sara recorrió Europa, América Latina y el norte argentino, y fue corresponsal en el Oriente Medio para la revista Atlántida . Era madre, fue esposa, se separó, se las arregló para ser madre y viajera; supo ganarse la libertad que añoran muchos de sus personajes. Hacia 1970 había cosechado el elogio de la crítica por su obra pero además tenía popularidad gracias a sus columnas en la revista Confirmado .

Ese año se casa con el escritor y editor H. A. Murena. Según Brizuela, fue Murena quien la alentó a abandonar también en su literatura los límites de su clase social. La leyenda dice que durante un viaje a Salta un mataco le contó la historia de Eisejuaz (1971), el relato alucinado de un indio llamado a salvar a su pueblo, pero que escucha voces que lo obligan a cuidar a un paqui, un hombre blanco enfermo. “Yo soy Eisejuaz, Este También, el comprado por el Señor”, repetirá con resignación, en una novela construida con un lenguaje propio que no sólo ubica a su autora –como suele decirse– en un campo donde brillaron Juan Rulfo, Mario de Andrade o José María Arguedas, sino que además reconstruye la historia de dominación y subordinación de nuestro continente y, junto con la riqueza y diversidad del resto de su obra, consagra a Gallardo a un lugar en el panteón de nuestros clásicos nacionales: a la izquierda de Borges, a la derecha de Cortázar, haciendo guantes con Arlt.

Murena murió en 1975 después de caer en la espiral del alcoholismo. Sara quedó devastada. Agustín me contó doce años atrás: “Mamá decía que Buenos Aires se le había vuelto insoportable por los recuerdos de su compañero ausente”. Acompañada por el hijo que tuvo con él y los de su matrimonio anterior, emprendió un recorrido por Córdoba, incluida la casa de Mujica Láinez en La Cumbre.

Aunque escribía poco, Sara recopiló una serie de textos bajo el título El país del humo (1977). Entre cuentos y textos breves de temas y formas diversas, se destacan relatos extraídos de las viejas historias familiares donde el campo vuelve a ser protagonista, pero que funcionan como lecciones de historia desde la voz de los indios y los marginados. Ese iba a ser el lugar de Sara durante su vida. Por Agustín supe que una vez se sacó un anillo de oro y se lo regaló a un mendigo, que era una mujer “de inmenso sentido del humor y una aún más inmensa capacidad como narradora oral”, que “tenía además una amplia (aunque no muy profunda) cultura general, una cortesía y buena educación sempiternas (yo creo que parte de su herencia de ‘señora bien’) con todo y para todos” .

En 1978 la necesidad de seguir adelante la llevó a cruzar el Atlántico otra vez. Se instaló en Barcelona junto con dos de sus hijos y una perra galga. El deseo de escribir volvió. Su último libro fue La rosa en el viento (1979), una novela de voces entremezcladas, difícil, de una densidad a veces desesperante, donde sobrevuela el duelo por la muerte de Murena. La foto de la contratapa la muestra caminando hacia la cámara, sonriente, con un echarpe alrededor del cuello, como si estuviera a punto de irse a alguna parte. ¿Hacia dónde se iba esa mujer?

En 1980, acompañada de su hijo menor, se dirigió a Rougemont, Suiza, a “una casita rodeada también de muchos árboles, al lado del río, cerca de un bosque y de las montañas”. Después a Roma, en 1982, desde donde enviaba columnas para el diario La Nación . Parecía que por fin había encontrado un lugar donde quedarse, pero el 14 de junio de 1988, durante una visita a Buenos Aires, tuvo un ataque de asma que la llevó a una muerte inesperada. “En brazos de los suyos”, escribe Elsa Vinelli en su prólogo a aquella primera reedición de Eisejuaz . Sara tenía cincuenta y seis años. Pareció que la muerte iba a detenerla, pero fue todo lo contrario. Desde 2001 hasta la reciente recopilación de las columnas de Confirmado a cargo de Lucía de Leone, encontró nuevos y apasionados lectores y el reconocimiento unánime de la crítica.

A casi treinta años de su muerte, su literatura nos invita a reconocer las tensiones vigentes entre pueblo y oligarquía; su prosa es aire fresco en el páramo del lenguaje de la posmodernidad y las redes sociales; su libertad es un faro en la lucha por la igualdad de género hacia dentro pero también hacia fuera de los prejuicios del campo cultural.

Vivimos en la era de la imagen, y por eso su belleza nos interpela y cautiva. ¿Qué necesita un escritor para convertirse en clásico? Que su obra lo sobreviva, que sus temas sigan vigentes, que sus formas despierten el amor de los nuevos lectores. Hay una mujer, por fin, en el selecto grupo de los elegidos. Los dados se tiran, caen, sale amor. Sara Gallardo sigue su viaje por este mundo. Ya no es sólo la última gran escritora que dio el siglo pasado. Es el primer clásico del tiempo que nos tocó vivir.


Fuente: Diario Clarín

https://www.clarin.com/rn/literatura/Sara-Gallardo-princesa-guantes-box_0_B1ikK3OP7g.html

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